MEJORES QUE JESUCRISTO
(Del fanatismo religioso, la dependencia y la adicción)
Durante largos años, la religión ha sido motivo de polémica alrededor del mundo: Judíos contra cristianos, testigos contra católicos, cualquier rama del Cristianismo contra cualquier rama del Islam, cualquier rama del Islam contra todo lo que no sea Islam y todos contra el satanismo y sus derivados; así pues, todas las religiones se precian de ser amantes de la paz y respetuosas de los otros, pero pareciera que su respeto llega hasta donde el otro difiere.
Aclaro: no hay por qué generalizar, nótese que en ésta humilde (y larga) opinión se habla de los fanáticos religiosos, especie que ha proliferado a últimas fechas (así como a los fanáticos ateos, de los que en su momento se hablará al respecto) y que cursan con las mismas características de un adicto al sexo, al juego o a cualquier sustancia ilícita, por ello, utilizaré el término ADICTO A LA RELIGIÓN.
Para fin de entender y delimitar del grupo que estamos hablando, definiremos los criterios que caracterizan a un adicto a la religión:
1) Se jacta de tener habilidades, entendimiento y conocimiento; prueba todo esto de que está de posesión de la verdad, por ello, ataca a los creyentes de otras religiones, de manera activa o pasiva por creer que sus principios son los únicos que se encuentran en el camino correcto.
2) Cita las escrituras todo el tiempo, tanto, que es difícil llegar a hablar con ellos sin tocar el tema de la religión, muchas veces sus respuestas se limitan, casi exclusivamente, a citas de las escrituras.
3) Consideran que sus líderes, pastores o profetas tienen dones, revelación y autoridad y por lo tanto, nadie les cuestiona porque eso sería dudar de Dios. El líder o los líderes tienen un don especial que no tienen los demás miembros.
4) Existe un pensamiento de ser perseguidos, acusados o señalados por su manera de practicar la religión, muchas veces, se enclavan en el pensamiento de que el mundo es malo y ellos no son como el resto del mundo (particularmente pecador). Atacan a los no-miembros y alardean de las actividades de su propia religión
5) Poseen en sí mismos una naturaleza punitiva. Confiesan delante de otros sus pecados. Expulsan o censuran y castigan en otras maneras, creen que el seguir a Dios es tarea difícil donde la renuncia a todo y a todos es la mayor peculiaridad
6) Ante la menor vacilación sobre el cumplimiento de una norma o la negativa a una renuncia, se llenan de angustia y temor a la reprimenda o el castigo divino. Su búsqueda de la observancia de la ley divina es obsesiva y, en algunos casos, compulsiva
7) Los adictos tienen que dar el máximo servicio y en muchas ocasiones se desgastan y no pueden pensar claramente; convirtiendo el servicio en una obligación que se encuentra por encima de sí mismos y su salud.
8) Por dentro de sí mismo se siente un vacío, pero al exterior presentan cara de felicidad y de paz.
9) Al igual que un adicto a cualquier sustancia, harán lo posible para obtener lo que desean, sea el convencimiento de un nuevo miembro de su religión o secta, un lugar donde puedan asistir al servicio o un líder religioso, pastor o sacerdote.
10) Las reglas distorsionan el propósito de Dios. En el lugar de Dios, las reglas refuerzan la adicción: todos hablan de lo mismo, se visten de igual manera. No hay espacio para la individualidad. La fe consiste en reglas y más reglas, el rompimiento de cualquiera de éstas supone pecado e impureza.
11) Se hace un despliegue exhibicionista de las bondades de la religión, buscando afanosamente el demostrar cuan fieles son a ella a través de todos los medios posibles
12) Evita (y busca que los otros eviten) cualquier otra expresión del arte, la cultura, la tecnología, la naturaleza y los avances científicos sean vistos como tales si éstos no son basados en las escrituras sagradas
13) Categoriza a otros, generaliza, da nombres, fabricar estereotipos para no hacer caso a sus creencias, desacreditando y devaluando su ejercicio.
14) Se alejan de su familia, sus amigos o conocidos por diferencias religiosas
Existen, además de éstos 14 criterios, uno que podríamos considerar enteramente por aparte que es lo tocante a la sexualidad, sin embargo, para evitar meternos en arengas y alargar más éste escrito, me limitaré a la teoría de la adicción.
Freud, en “El malestar en la cultura” nos dice (palabras más, palabras menos) que tal como nos ha sido impuesta, la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para soportarla, no podemos pasarnos sin lenitivos. Existen 3 especies de éstos: 1) Distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria; 2) Satisfacciones sustitutivas que la reducen o bien 3) Narcóticos que nos tornan insensibles a ella. Alguno de cualquiera de estos remedios nos es indispensable; también la actividad científica es una diversión semejante. Las satisfacciones sustitutivas como nos la ofrece el arte son, frente a la realidad, ilusiones, pero no por ello menos eficaces psíquicamente, gracias al papel que la imaginación mantiene en la vida anímica. En cuanto a los narcóticos, influyen sobre nuestros órganos y modifican su quimismo. Aún con la especificidad de cada uno, no es fácil indicar el lugar que en esta serie corresponde a la religión. Tendremos que buscar, pues, un acceso más amplio al asunto.
Primeramente, hemos de dividir el origen de la decisión de la adicción en
a) El recurso al que se apela (Seducción, sustitución o intoxicación)
b) El carácter regresivo y de fijación de cada uno
Conforme mayores sean los recursos de la persona, es decir, tengan un carácter simbólico-sustitutivo, fijado en la función de la palabra (El humor, la ciencia, el arte o la religión) y menormente en función del objeto pulsional será más factible que se enganche en los primeros.
Luego entonces, la religión se convierte en la metáfora de la satisfacción imposible, sin embargo, no podemos ignorar que el adicto a la creencia religiosa intercambia el objeto pulsional al sublimar la función de la intoxicación fisiológica por la intoxicación mental y agrega el poder de un terrible significante: El temor a Dios.
El temor a Dios, relatado bellamente en la Biblia y analizado sesudamente por Lacán en el seminario 3, nace de la tragedia de Atalía, la reina temible que era enemiga del Dios de Israel, quien visitaría al sacerdote Joab para derrotarlo, siendo Abner quien lo pone sobre aviso de esto, Joad se limita a responder: “Respetuosamente sumiso a su santa voluntad, es sólo a Dios a quien temo, querido Abner, y no tengo ningún otro temor”
Por otro lado, encontramos este mismo temor inculcado en la religión musulmana: El Profeta Muhammad dijo: “Soy de los temerosos de Allah”. En este dicho el Profeta nos muestra que el temor a Allah es de mucho peso y muy importante, pues el temor es la esencia de la obtención del éxito para toda la vida, pues, quien no teme a Allah no tendrá una vida equilibrada y aquellos que no temen se rigen por leyes inhumanas, salvajes.
Así pues, el temor de Dios es el significante metafórico que cumple una función de abrochamiento de todos los indescifrables, inconmensurables y abismales temores ante el universo y la naturaleza. Desde que el hombre se somete religiosamente al temor de Dios, su mundo queda totalmente reorganizado y redefinido por este nuevo significante. Es el punto de almohadillado donde comienza, o sería posible que comience, una nueva historia. Desde entonces los terrores ya no son innumerables, se produce la reducción simbólica al Uno, el temor de Dios.
Siendo el adicto a la religión, adicto también a los simbolismos, pero incapaz de ver lo real en los recursos simbólicos, para hacer frente a un estado invasivo y masivo de dolor y trauma, recurre al simbolismo último: El nombre del Padre, que es a su vez el más poderoso de los simbolismos y quien funge como estabilizador, límite y reorganizador del campo amorfo de lo real (Nace lo amorfo desde la inconguencia del temor al pecado y el “Exceso de comisión y cotidianeidad” en el mismo). Todos los temores, entonces, pueden por restitución ser intercambiados por uno sólo, lo que da estructura al sujeto, desgraciadamente, una estructura frágil y propensa a desbordarse. La adicción, nacida de la compulsión, no tiene límites, y sin embargo sirve para exterminar el “goce sin medida” que pudiera provocar cualquier sustancia psicotrópica. Sin embargo en el capítulo XXII del Seminario 3, Lacán responde que el significante del Padre no siempre reorganiza las cosas en el sentido de una liberación del sujeto con respecto al caos originario. El temor de Dios también puede acarrear, a veces, una transformación del sujeto al alto precio de la sumisión y de la entrega. Así mismo Freud supo advertir las consecuencias de esta llamada solución: “Tampoco la religión puede cumplir sus promesas, pues el creyente, obligado a invocar en última instancia los ‘inescrutables designios de Dios’, confiesa con ello que en el sufrimiento sólo le queda la sumisión incondicional como último consuelo y fuente de goce”.
El temor oculto pues, del adicto a la religión, permanece enmascarado con la típica dicotomía: “Dios te ama, pero cuidado con desobedecer sus designios y mandamientos, pues así como te ama, puede condenarte”. La naturaleza punitiva de éste enunciado, nos habla del goce tóxico de la sumisión al que el adicto a la religión se ha aferrado a fin de ganar el amor del Otro (sí, con mayúscula), de manera que lejos de evitar lo repudiado (la adicción y la vida pecaminosa) la vive, pero desde el disfraz del síntoma, es decir, se vive a sí mismo como síntoma de la vorágine del pensamiento religioso, su realidad, su simbólico y su imaginario (Sí bueno, suena mucho más complejo de lo que en realidad es). La adicción se ve desplazada de un “objeto malo” hacia un “objeto bueno” pero la nueva posición subjetiva no deja de implicar el achicamiento del horizonte del deseo por sumisión a un Otro, único y absoluto que desea en mi lugar.
Protegido bajo éste disfraz, subyace también la naturaleza amo-esclavo del adicto, no digo aquí que no pueda haber gusto alguno en la religión, en orar o en llevar a cabo tareas de la iglesia, ojo, el adicto a la religión convierte el goce en un goce masoquista, puesto que ha de erradicarse a sí mismo a fin de subsistir (Menguar para que Él crezca), apelando a éste recurso, el individuo se cosifica, volviéndose “Propiedad de Dios”, ante la cosificación, viene la indefensión y, con ello, la fantasía de que se vuelve en él mismo el objeto del deseo del Otro (Dios me quiere, Dios desea de mí), todo esto se maquilla con la personalización de los mensajes “Ven y sígueme” p.ej. donde se alude a la individualidad, pero cobrando aún un valor imperativo, casi destinal, que el adicto, en su carencia de recursos simbólicos interpreta como real y es integrado a su Súperyo como un dogma ¿Cómo lo hace? A través de la repetición ecolálica del discurso sofocador del deseo, por ello es que es tan difícil hablar con éste tipo de adictos: su discurso salta de una cita a otra, a otra, a otra y así hasta el infinito y de ahí mismo su intolerancia: Ante el menor de los cuestionamientos, su fe tambaleante, puesto que se ha basado en la compulsión, el señalamiento culpígeno, la expiación y la obsesión, se vuelve débil ante argumentos que recurren a más de una fuente de información.
Triste es pues la explicación sistémica de la misma: En la gran mayoría encontramos un pasado con padres y/o abuelos adictos a cualquier tipo de sustancia, alcohol, sexo o juego, encontrando la patología inicial hasta 2 generaciones atrás, por lo que la internalización del objeto primario se ha dado de manera extemporánea al sujeto, lo que hace su localización y tratamiento más difícil porque, siendo así, el propio sujeto (como lo dijimos antes) se vive como el síntoma disfuncional de una familia (Chivo expiatorio), donde el imaginario, a fin de no someterse al otro (con minúscula) se subyuga al Otro (el Otro absoluto), encontrando en la religión una salida ante la imposibilidad de eliminar a los objetos primarios (los padres y/o abuelos) y sacarlos de su vida. Con esto, se crea un doble vínculo que incide en la moral del adicto: Por un lado el deseo de sacar de su vida aquello que atenta contra su nueva ancla, por el otro, la consigna de respetar y honrar a los padres, presente en todas y cada una de las religiones mundiales. Por ello, se vive frustración y angustia, las cuales sólo pueden ser subsanadas a través del exhibicionismo de la conducta que va acorde a los designios divinos, cual si fuera un parche ante el fallo de los padres: El acto punitivo busca no sólo agradar al Padre, sino la expiación del pecado de los padres.
Siendo así, hemos de entender la angustia vivenciada en el adicto a la religión, puesto que carga no sólo con la propia personalidad, sino con los conflictos de otros que no gustan de resolverlos.
Subiendo un peldaño, tenemos el grado último de la adicción: el fanatismo, conformado por aquellos que, en pos de una creencia, buscan terminar con la vida de una o más personas. Aquí podríamos hablar de cantidad de trastornos de la personalidad, en su mayoría dependientes y limítrofes, sin embargo, existe un curioso elemento que comparten con los ateos fanáticos: El deseo de la eliminación.
La eliminación en el ateo se da por sustitución, cuando el significante de la religión es trasladado hacia la ciencia, el arte, la cultura o la franca y llana negación de la existencia de alguien más, en cuyo caso, la agresividad de la anulación es sublimada hacia la función de la palabra, en cambio, en el fanático, la ira se mantiene en el objeto pulsional (Dios a través de la religión) y la necesidad de convertirse en el objeto del deseo del mismo, pudiendo cumplirlo sólo (en el imaginario del adicto) a través de su propia inmolación.
Puede parecer una explicación relativamente sencilla, sin embargo, la génesis de todos éstos actos es un peligroso cóctel cuyo origen es complicado y elaborado, y que necesitaría mucho más que una explicación somera para entenderla.
Es curioso… dos citas me quedan muy claras donde la Biblia nos explica, con peras y manzanas, que el fanatismo no es mentalmente sano y que, a fin de mantener un sano equilibrio, hemos de aprender a aceptar y convivir con los demás,
Lucas 18, 9-14: "Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias." En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado."
Juan 15:12
Y éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado
Finalmente, para no aburrirles más, en mi opinión muy personal, creo que la adicción a la religión es la más peligrosa de todas las adicciones: Un adicto a la marihuana, a la cocaína o al alcohol es visto como un paria, cuyos actos son considerados, por muchos, como bajezas, estupideces, etc. Gente peligrosa en un mal momento para acabar pronto; el adicto a la religión puede ser etiquetado como estúpido, mocho, ignorante, mojigato, pero nunca peligroso, pues sus actos son considerados probos y buenos, pero recordemos también que en los extremos, éstos mismos actos han distorsionado el propósito real de la religión, desembocando en matanzas, actos terroristas, aniquilaciones, torturas, asesinatos y suicidios masivos y crímenes menos sangrientos, pero no por ello menos abominables: Xenofobia, discriminación racial, de preferencia sexual o de género, humillaciones y vejaciones, todo en nombre de Dios que, muy probablemente, se da de topes contra la pared de pensar en todas las burradas que la humanidad ha cometido, presa de la intolerancia y de la mala interpretación.
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