Si hay algo que disfruto en ésta vida, es de bañarme..
Sí, sí, entrar en la regadera (o en la tina) y dejar que el agua moje mi cansado cuerpecito después de un ajetreado día de trabajo. No es un placer poco común, tampoco muy exótico, pero es algo que siempre tengo al alcance de mi mano y a dos pasos de mi cama.
Hace un par de días, me quedé sola en casa, era la noche perfecta: La luna en alto, el cielo despejado y estrellado, sin ruidos, preparé la tina, unas cuántas sales, flores, velas aromáticas y un buen libro... siempre he tenido la creencia que, para ser romántico, no hace falta con quién compartirlo.
La bañera es siempre un lugar donde los pensamientos vuelan... donde las imaginaciones se convierten en teorías, donde, en mis pensamientos, se realizan esos sueños de justicia que a veces parecen magros y estériles, es incluso, el lugar donde busco consuelo ante las distintas desilusiones y microtragedias de la vida diaria.
Pero también es, por encima de todas las cosas, el lugar donde entro en contacto con mi piel...
Dedicada a los placeres que me proporciona el conocimiento de la mente humana, pocos son los momentos en que mi cuerpo entra en contacto directo conmigo, sé que tengo una boca que me sirve y me complace, un par de oídos que son mi herramienta principal de trabajo y un cerebro que carbura todo aquello que necesita de ser analizado; pero poco es lo que convivo con el resto de mi humanidad.
De manera que en ésta ocasión dejé el libro de lado y me dediqué a sentir; a darle un momento a mi cuerpo para que me dijera qué era lo que necesitaba, entonces, me di cuenta de cantidad de cosas: Noté que mis pies estaban fríos y cansados, y que me reclamaban por usar tacones la mayor parte del día en vez de unos cómodos tennis. Noté que mis manos estaban tibias y suaves, y que se rehidrataban poco a poco mientras el jabón corría por ellas, me di cuenta que mi espalda había estado jorobada durante mucho tiempo y ahora tomaba un merecido descanso, no sin pelearme por mantener conscientemente, una buena postura y me di cuenta, también, de que mi piel, a pesar del frío imperante, se encontraba a gusto.
Desprendida de todo peso, me sumerjo en la bañera, pero permito que mi cuerpo flore lo suficiente como para evitar ser tocado por cualquiera de sus extremos, y así, suspendida entre la nada, entro en contacto con mi piel... esa parte tan cambiante, que igual tiene la sedosidad de los labios que la resequedad de los talones, la delicadeza de la intimidad que el aguante de las callosidades de las manos y la variedad de pigmentos de mis pecas y lunares, que la uniformidad del pecho y la espalda... todo en sincronía, en perfecta armonía... pero distintas partes todas entre sí.
Salgo de la tina, envuelta en una toalla suave y blanca, sin muchos reparos, me seco el cabello hasta dejarlo sedoso y sin una gota de agua.. me gusta cómo es: suave y sin un sólo nudo, rojo, no del rojo que quisiera y quizás hasta un tanto desteñido, pero así me gusta, al fin y al cabo. Me tumbo en la cama durante un momento y entonces me percato de algo fascinante: Mi piel, tan llena de contrastes hasta hace unos momentos, se ha uniformado al tacto...
Toco mi rostro y siento mis manos...
Las deslizo lentamente por mi pecho y por mis muslos, asegurándome de que no es tan sólo mi imaginación...
Pero no... éste estado de homeostásis está lejos de ser una fantasía y demasiado cerca de la perfección. esa sensación de la piel en la temperatura ideal, la postura perfecta, la hora adecuada, sin ruidos, sin gente, sin bullicio... solamente piel y consciencia... o inconsciente, con ese brillo perfecto, esa suavidad que endulza y el olor suave que de ella emana, como sándalo, como rosas de invierno...
Supongo que eso es lo que pasa cuando compras jabón en una boutique y no en el supermercado.
No puedo evitar la curiosidad de observar lo más que puedo a medida que voy sintiendo: Las manos largas de pianista, los antebrazos, el pecho y los senos redondos, níveos, mi abdomen y el botón cóncavo del ombligo, y mi sexo... y los muslos y las piernas, hasta los dedos de los pies...
Es un placer distinto... que nace de la observación y el tacto pero que va más allá de lo sexual, deteniendose en la pura sensualidad (entendiendo sensualidad como el goce de las sensaciones), sentir, tocar, palpar, y es ese goce, que se equilibra peligrosamente en el filo de lo inocente y lo impuro lo que lo hace tan enhervante: El sentir alejados de la malicia, pero con un toque de provocación.
Conectarse con la piel de una manera distinta...
Conectarse con la propia humanidad de un modo diferente...
Por hoy me he olvidado de mi mente
Por hoy, soy sólo cuerpo, sensación...
Por hoy... escribo con el contorno de mis dedos, aquello que sólo puede ser escrito con la piel en blanco...
Sí, sí, entrar en la regadera (o en la tina) y dejar que el agua moje mi cansado cuerpecito después de un ajetreado día de trabajo. No es un placer poco común, tampoco muy exótico, pero es algo que siempre tengo al alcance de mi mano y a dos pasos de mi cama.
Hace un par de días, me quedé sola en casa, era la noche perfecta: La luna en alto, el cielo despejado y estrellado, sin ruidos, preparé la tina, unas cuántas sales, flores, velas aromáticas y un buen libro... siempre he tenido la creencia que, para ser romántico, no hace falta con quién compartirlo.
La bañera es siempre un lugar donde los pensamientos vuelan... donde las imaginaciones se convierten en teorías, donde, en mis pensamientos, se realizan esos sueños de justicia que a veces parecen magros y estériles, es incluso, el lugar donde busco consuelo ante las distintas desilusiones y microtragedias de la vida diaria.
Pero también es, por encima de todas las cosas, el lugar donde entro en contacto con mi piel...
Dedicada a los placeres que me proporciona el conocimiento de la mente humana, pocos son los momentos en que mi cuerpo entra en contacto directo conmigo, sé que tengo una boca que me sirve y me complace, un par de oídos que son mi herramienta principal de trabajo y un cerebro que carbura todo aquello que necesita de ser analizado; pero poco es lo que convivo con el resto de mi humanidad.
De manera que en ésta ocasión dejé el libro de lado y me dediqué a sentir; a darle un momento a mi cuerpo para que me dijera qué era lo que necesitaba, entonces, me di cuenta de cantidad de cosas: Noté que mis pies estaban fríos y cansados, y que me reclamaban por usar tacones la mayor parte del día en vez de unos cómodos tennis. Noté que mis manos estaban tibias y suaves, y que se rehidrataban poco a poco mientras el jabón corría por ellas, me di cuenta que mi espalda había estado jorobada durante mucho tiempo y ahora tomaba un merecido descanso, no sin pelearme por mantener conscientemente, una buena postura y me di cuenta, también, de que mi piel, a pesar del frío imperante, se encontraba a gusto.
Desprendida de todo peso, me sumerjo en la bañera, pero permito que mi cuerpo flore lo suficiente como para evitar ser tocado por cualquiera de sus extremos, y así, suspendida entre la nada, entro en contacto con mi piel... esa parte tan cambiante, que igual tiene la sedosidad de los labios que la resequedad de los talones, la delicadeza de la intimidad que el aguante de las callosidades de las manos y la variedad de pigmentos de mis pecas y lunares, que la uniformidad del pecho y la espalda... todo en sincronía, en perfecta armonía... pero distintas partes todas entre sí.
Salgo de la tina, envuelta en una toalla suave y blanca, sin muchos reparos, me seco el cabello hasta dejarlo sedoso y sin una gota de agua.. me gusta cómo es: suave y sin un sólo nudo, rojo, no del rojo que quisiera y quizás hasta un tanto desteñido, pero así me gusta, al fin y al cabo. Me tumbo en la cama durante un momento y entonces me percato de algo fascinante: Mi piel, tan llena de contrastes hasta hace unos momentos, se ha uniformado al tacto...
Toco mi rostro y siento mis manos...
Las deslizo lentamente por mi pecho y por mis muslos, asegurándome de que no es tan sólo mi imaginación...
Pero no... éste estado de homeostásis está lejos de ser una fantasía y demasiado cerca de la perfección. esa sensación de la piel en la temperatura ideal, la postura perfecta, la hora adecuada, sin ruidos, sin gente, sin bullicio... solamente piel y consciencia... o inconsciente, con ese brillo perfecto, esa suavidad que endulza y el olor suave que de ella emana, como sándalo, como rosas de invierno...
Supongo que eso es lo que pasa cuando compras jabón en una boutique y no en el supermercado.
No puedo evitar la curiosidad de observar lo más que puedo a medida que voy sintiendo: Las manos largas de pianista, los antebrazos, el pecho y los senos redondos, níveos, mi abdomen y el botón cóncavo del ombligo, y mi sexo... y los muslos y las piernas, hasta los dedos de los pies...
Es un placer distinto... que nace de la observación y el tacto pero que va más allá de lo sexual, deteniendose en la pura sensualidad (entendiendo sensualidad como el goce de las sensaciones), sentir, tocar, palpar, y es ese goce, que se equilibra peligrosamente en el filo de lo inocente y lo impuro lo que lo hace tan enhervante: El sentir alejados de la malicia, pero con un toque de provocación.
Conectarse con la piel de una manera distinta...
Conectarse con la propia humanidad de un modo diferente...
Por hoy me he olvidado de mi mente
Por hoy, soy sólo cuerpo, sensación...
Por hoy... escribo con el contorno de mis dedos, aquello que sólo puede ser escrito con la piel en blanco...
No hay comentarios:
Publicar un comentario