(TORTURA NO ES CULTURA)
Mucha polémica ha levantado, a últimas
fechas, la posibilidad del fin y la prohibición de las corridas de toros, ante
ello, mucha gente ha manifestado su opinión, hay quien dice que es un atentado
contra la libertad, otras que es un acto sádico, otras más que es un acto feo
pero que gustan de ir por el ambiente de cultura que se vive, otras que gustan
de ir a ver por si cornean a un torero. Lo cierto es que es algo que levanta
revuelo para muchos y, como podrán imaginarse por el subtítulo de éste artículo,
a una servidora la llena de asco y de horror; pero hoy trataré ser un poco más
neutral, me abstendré de dar mi opinión personal hasta el final del escrito, y,
en su primera parte, me limitaré a dar las impresiones psicoanalíticas de tal
asunto es decir, lo que dicen los libros textualmente, sobre la afición taurina,
la tauromaquia y el torero en sí.
He de decir, primeramente, que
encontrar Bibliografía al respecto no me fue fácil, francamente me desconcierta
el que una institución tan polémica no haya levantado antes el interés
psicoanalítico, sin embargo, aunque pocas, las fuentes me parecen importantes y
trascendentes.
El psicoanalista Martin Grotjahn (1)
sostenía: “Los aspectos horribles de la tauromaquia anulan el interés que posee
la simbolización inherente a su ritual. Quizás esto explique la escasez de los
intentos analíticos su interpretación" Es decir, la sangre, la violencia y
el sadismo implícitos en la misma, hacen que los psicoanalistas volteemos las
miradas hacia otros lugares, quizás ésto es en parte también, nuestro grave
error. Alguien alguna vez me reclamó que cómo era posible que los
psicoanalistas seamos capaces de manejar asuntos tan difíciles y delicados como
una violación, abuso de menores, incesto etc. y que no pudiésemos acudir a una
corrida de toros para analizarla antes de emitir un juicio; creo que el hecho
radica en que, como profesionistas de la salud, en una consulta atendemos con
una intención curativa al paciente, escuchando su dolor y ayudándole a
comprender la situación, así como asimilarla y a darle trámite, en una corrida
de toros, nos encontramos como espectadores pasivos, incapaces de intervenir
ante lo que se desarrolla en el ruedo, donde vemos un animal que es lacerado y
a quien no podemos explicarle qué es lo que sucede por su misma condición
animal.
En una descripción breve, una corrida
consta de 3 partes: el toro es lidiado respectivamente por los picadores, «que,
montando un caballo protegido por un peto, utilizan una vara con una puya para
preparar al toro para el tercio de muleta»; los banderilleros, «quienes se
encargan del auxilio al matador, bregan al toro y "adornan" al toro
colocando pares de banderillas (generalmente son tres pares)»; y el último
tercio, y el más importante, el de muerte, en el que el torero lidia al toro
manejando la muleta y el «ayudado» (espada de madera o de aluminio), que
sostiene con la mano derecha. (2)
Siendo así, encontramos una provocación,
una respuesta y un desenlace, donde bien puede éste favorecer al torero o al
toro, siendo más común que el agraciado sea el primero; la agresión está
presente en las 3 partes del encuentro y, además, es la que lleva la tónica de
dicho evento, lo cual, nos remite a la pulsión de vida y de muerte de ambos
animales (el animal humano y el animal toro), sin embargo, la lucha se extiende
a algo que está muy lejos del sentido de supervivencia: Se remite al poder de
la inteligencia sobre la fuerza bruta, como si fuese un representativo del
pasaje de David y Goliat. Y aún más allá, nos podemos remitir a la
simbolización del complejo de Edipo: Si observamos al toro como un objeto
totémico, su muerte representa dar muerte al padre y el triunfo del hijo sobre
el mismo; incluso, la cuadrilla de la que se sirve el matador, puede ser
fácilmente clasificada como una “horda fraterna”. Finalmente, el Súper Yo juega
un papel importante dentro de la arena, representado en el presidente de la
plaza, quien elige si un toro ha de ser sacrificado o no, desplazando los
sentimientos culpígenos del torero a un tercero, nulificando así la voluntad de
matar al toro ante la “obligación” de matarlo, de manera que la ansiedad que el
hecho provoca se deposita en una figura de autoridad, liberando al matador, ya
que actúa no por derecho propio sino por órdenes de un tercero.
La afición a la tauromaquia se mantiene
debido a que proporciona un marco único para el desahogo y la proyección de
pulsiones instintivas reprimidas. Claramente, su atractivo central es la
gratificación inconsciente de las pulsiones sádicas: El dolor y la muerte del
toro se dan por supuestos y sin embargo, en la mente de toda la afición está
presente (y en una manera morbosa, casi anhelante) el hecho de que tanto los
caballos como el torero pueden correr la misma suerte, incluso, la castración
literal es una posibilidad, y siendo que el complejo edípico tiene uno de sus
grandes pilares en el temor a la castración, la representación no puede ser más
explícita. Con esto, podemos darnos cuenta de las implicaciones que la
mentalidad de la afición taurina crea: Despojan al toro de una identidad animal
para conferirle identidades humanas. Así como el torero enfrenta al toro, el
niño enfrenta al padre, el subordinado al jefe, el desposeído al poderoso, pero
a fin de que ésta fantasía pueda ser llevada a cabo, se le han de otorgar al
toro también emociones humanas.
Uno de los argumentos que largamente
han esgrimido los criadores, taurinos y toreros, es que para el toro es “un
honor” morir en el ruedo, que ha sido criado para eso y que “desea” luchar y
morir en la arena. Lo cierto es que el honor y el deseo son emociones
exclusivamente humanas, ya que, al igual que los perros, el toro es meramente
pulsional. Sin embargo, el hacerle partícipe de dichas emociones, lo pone en el
contexto de igualdad con el ser humano, con ello a su vez, se le unge con el
abanico de emociones perversas propias del hombre, entre ellos, no la
posibilidad de matar, sino el deseo de matar al adversario, en éste caso, el
torero. De no echarlo a ver así, de encontrarnos con un toro limado de cuernos,
poco ofensivo o que rehúye al torero, se pierde el peligro y, por tanto, deja
de ser un adversario para convertirse en una víctima.
El Superyó del aficionado pone
objeciones, conscientes o no, a la tortura y el sacrificio del animal. Esto
crea un conflicto intrapsíquico, porque el espectador se pone también, de parte
del torero. Si el toro es visto inconscientemente como la encarnación de
pulsiones inaceptables, de los propios impulsos bestiales, la afición aprobará
la agresión contra el animal. De hecho, suele hablarse de “castigar” al toro.
Pero si el espectador percibe al torero como merecedor de represalias por su
conducta sádica de sesgo parricida, su Superyó puede formar en la fantasía una
alianza con el potencial homicida del animal. Claramente, el toro puede verse,
al igual que el torero, como agresor y como víctima y el público
reacciona conforme a la oscilación de sus identificaciones.
La generalidad del aficionado, sin
embargo, corresponde a ver al toro como victimario, así, se admira el “valor y
el arte” del torero, y cuando la plaza grita con el matador, se hace partícipe
por un momento de la exaltación egocéntrica que evoca a la regresión a la
omnipotencia exhibicionista de la infancia, emoción que poco o nada tiene que
ver con el torero, puesto que, así de caprichosamente como son vitoreados, son
también abucheados y expulsados de la memoria colectiva. El deseo de ser visto
es realizado por y a través del torero pero, ante la menor posibilidad de que
la realización exhibicionista se vea amenazada por su mal desempeño, serán
condenados al olvido con mayor severidad, ya que, si el propósito depositado en
el torero no es satisfecho, éstos son desechados.
En el torero encontramos cantidad de
conductas regresivas y mecanismos de defensa primitivos, tales como la
identificación proyectiva (identificación de las propias pulsiones homicidas
proyectadas en el toro), omnipotencia y desvalorización (falsa creencia de
invencibilidad en el ruedo) e idealización primitiva (la figura del
hombre que expone la vida como un ideal valiente y deseable), pero sobre todo,
encontramos pulsiones de muerte a flor de piel, actuaciones temerarias, suertes
y ejecuciones que rozan peligrosamente los límites de la autopreservación y el
suicidio, y que llevan a otros a prácticas más temerarias aún, fijando una vara
alta en el cómo comportarse frente a un toro, mismas que muchas veces, acarrean
como consecuencia la muerte. Dichas conductas parasuicidas, pueden calificarse
también como “parahomicidas” (no estoy muy segura de que exista el término,
pero creo que la idea es comprensible o es lo que mejor abarca la situación) ya
que éstos actos pueden terminar en cogidas, heridas permanentes y muerte. Aquí
me surge la profunda duda de si éstas conductas parahomicidas podrían ser
también el reflejo de una necesidad narcisista de sobresalir sobre todos los
demás toreros y, además, un intento desesperado de aniquilación del otro, que
amenaza la satisfacción de la exaltación egocéntrica.
Curiosa es pues, la envidia de la que
son presa otros toreros y el papel hostigador que juega el público de la plaza,
quienes a su vez, infunden ánimo y aprueban dichas actitudes, aquí podríamos
hablar de psicología de las masas y el síndrome de embudo, donde todas las
pulsiones homicidas y deseos sádicos son depositados en un receptor para ser
llevados a cabo, en este caso, el torero. El problema principal radica no en
que se depositen y desfoguen, sino en la necesidad de observar la muerte para
llevarlos a cabo. Una vez que se ha cruzado el límite entre el horror y el goce
con la muerte, estaremos hablando de conductas cosificadoras, es decir,
despojamos al ser vivo de su calidad de ser vivo, para volverlo un objeto (un
objeto animado, pulsional, totémico y amenazante), cuyo derecho a la vida es
desplazado por la obligación de dar placer con su aniquilación.
Uno de los conceptos que los taurinos
han discriminado previamente ante su sola mención, es la franca homosexualidad
expuesta en el ruedo, y no estoy hablando de los trajes de luces (que me parece
que atiende más a una gratificación narcisista, pretendiendo “iluminarse de luz
como una estrella”(3)), porque la vestimenta es lo de menos a analizar en ésta
costumbre, a final de cuentas, son dos machos enfrentándose en la arena, donde
si, el hombre logra dominar al animal, es una representación de la posesión del
padre, a través de los múltiples falos del torero (banderillas, puyas y
ayudado), mientras que la lucha en sí pudiera revelar una fragilidad casi
femenina en el torero, misma que se pone de manifiesto a la cogida, lo que bien
podría, a su vez, ser representativo de un coito sádico homosexual.
A esto podemos agregar la erotización
del peligro, que impulsa peligrosamente los actos parasuicidas y parahomicidas
anteriormente mencionados, ya que, ante el miedo, viene una fuerte carga de
respuestas psicofisiológicas que emulan a la excitación sexual.
Encontraremos entonces, en el
aficionado conductas parricidas, cosificación, deseo de muerte, conductas
parasuicidas y parahomicidas, los mecanismos de defensa primitivos y un
conflicto edípico irresoluto, así como sadismo egosintónico y un sentido
perverso de triunfo ante la mutilación y la muerte, lo que parecería un
espectro narcisista maligno transitorio, ya que, éstas características, no
están necesariamente presentes en la vida del espectador fuera de la plaza,
sino que transcurren y se desarrollan en el marco exclusivo de la corrida de
toros u otras actividades relacionadas con dicho acto.
Finalmente y en resumidas cuentas, creo
que podríamos encontrar en la afición taurina un poderoso ingrediente
regresivo, infantil y sádico, con tendencias punitivas, propio de
personalidades inmaduras y dependientes (ya que la resolución del conflicto
edípico tiene que ser dado a través de terceros, mientras que la afición sólo
observa), que se justifican en un marco de “cultura y tolerancia”, así como de
“bravura y arte”, cuando pareciera que, acorde a los libros, encontraríamos más
un marco agresivo y regresivo solapado por lo pulsional y proyectivo.
Desde mi punto muy particular de vista
me parece que nada que implique la tortura y muerte de un animal, ni nada que
exponga la vida propia, puede tener nada de cultura, ni mucho menos, de arte,
quizás soy una neófita, una ignorante, soy banal y mundana, utilicen el
apelativo que quieran, pero es mi muy personal opinión. Me queda claro que mis
pulsiones agresivas pueden ser expresadas, canalizadas y/o sublimadas por otros
medios y que la resolución edípica en un “lance trágico e incierto” (Que si
realmente fuera incierto no sabríamos, de antemano, quién es quien saldrá
victorioso de la plaza) de manera consuetudinaria no es maduro por dónde se le
mire. Dos opiniones han llamado poderosamente mi atención: la primera de un
bloggero que se autodenomina GoNZalVo, en el blog “Cuidando Gaia” que, con una
lógica que un niño de primaria podría entender, abre los ojos ante una verdad
innegable:
“…Es cierto que una cosa es mirar los
toros desde la barrera, obvio, si hasta allí no llegan los puyazos, la tortura
y la muerte, es mejor beber manzanilla y gritar ¡Olé! Que vomitar sangre a
bocanadas con una espada incrustada en los pulmones, no es necesario tener
mínimas nociones de anatomía para entender que todo ser viviente con un sistema
nervioso central sufre cuando le hieren, basta aplicar la máxima cristiana
"No hagas a otros lo que no quisieras que te hicieran a Ti"…” (4)
A nadie nos gustaría estar en el lugar
del toro, creo, y si sabemos que el torero causa dolor, agonía y una muerte de
las peores, vejando la majestuosidad de un animal, me pregunto por qué nos
empeñamos en continuar ésta horrible muestra de sadismo.
La segunda fue de un compañero
psiquiatra, quien hablaba precisamente de las pulsiones sádicas y un día, así
sin más me dijo: “El toreo es algo absurdo y por demás aburrido, cuando el toro
y el torero entran a la arena uno cree que va a lo ignorado, a lo desconocido,
pero en realidad sabemos cómo va a acabar “la lucha” y lo digo entre comillas
porque sabemos que no es una lucha, tú sabes que cuando vas a la plaza es ir a
ver matar a un torero, es ir a ver la muerte de un toro, el sacrificio de un
animal y eso no es divertido. Me gustan los rodeos, el hombre se enfrenta con
su inteligencia contra la fuerza bruta para dominar a un animal, a mano
desnuda, frente a frente, hay uno que pierde pero nadie sale lastimado, y si el
vaquero se lastima es porque no fue lo suficientemente inteligente ni lo
suficientemente hábil para enfrentarse a ese animal, habrá aprendido la lección
pero también tendrá la honra de haberlo enfrentado honestamente, el toreo no es
honesto, un hombre que se enfrenta con armas a un animal que lo único que
quiere es escapar y salvar su vida no es un hombre, sino un asesino aprobado
por una multitud igual de ciega que él”
He de decir que me ha dado la opinión
más clara y memorable de una persona al respecto de la tauromaquia (tanto que
hube que pedirle autorización para citarlo en ésta opinión, y me lo permitió
afortunadamente, aunque me pidió permanecer en anonimato), si bien mi compañero
no es un experto en dicho tema, queda de manifiesto que el ver la tauromaquia
como un enfrentamiento justo o parejo, está muy lejos de la realidad.
Menciono las corridas de toros porque
es algo que causó polémica, pero igual lo pienso de las peleas de gallos,
perros, camellos y enfrentamientos por herencias culturales contra los animales
que acaban en la masacre de los mismos (como con los delfines en Irlanda o las
focas en Canadá). A lo que voy es que para ser cultos no se necesita sangre,
para ser osados no se necesita matar, y para demostrar nuestra superación del
complejo de Edipo, no se necesita, en absoluto, dar tortura y muerte a un
animal, en un acto tan cobarde e ignominioso como lo son las corridas de toros.
Por eso, apoyo que ésta barbarie, sea erradicada por y para siempre de éste mundo,
por el momento, de nuestro país, México ha sido tan azotado por la violencia
que me queda claro que no debemos promoverla más, México es un país de cultura
y tradiciones, no necesita tortura para entretenerse, sangre para divertirse ni
muerte para satisfacerse. Detengamos esta masacre y votemos en pro de la
abolición, hagamos algo contra la violencia si es que pretendemos de hacer de
éste país, y de nuestro mundo, un lugar mejor.
L.Ps. Paulina Haro Gutiérrez
Bibliografía
(1) Martin
Grotjam: On bullfighting and the future of tragedy. (1959)
(3) López Pinillos, José (1987): Lo que
confiesan los toreros. Madrid: Turner.
(4) http://cuidandogaia.blogspot.com/2008/03/algo-increible-un-torero-arrepentido.html