jueves, 26 de enero de 2012

De los toros, toreros y afición taurina


(TORTURA NO ES CULTURA)

Mucha polémica ha levantado, a últimas fechas, la posibilidad del fin y la prohibición de las corridas de toros, ante ello, mucha gente ha manifestado su opinión, hay quien dice que es un atentado contra la libertad, otras que es un acto sádico, otras más que es un acto feo pero que gustan de ir por el ambiente de cultura que se vive, otras que gustan de ir a ver por si cornean a un torero. Lo cierto es que es algo que levanta revuelo para muchos y, como podrán imaginarse por el subtítulo de éste artículo, a una servidora la llena de asco y de horror; pero hoy trataré ser un poco más neutral, me abstendré de dar mi opinión personal hasta el final del escrito, y, en su primera parte, me limitaré a dar las impresiones psicoanalíticas de tal asunto es decir, lo que dicen los libros textualmente, sobre la afición taurina, la tauromaquia y el torero en sí.

He de decir, primeramente, que encontrar Bibliografía al respecto no me fue fácil, francamente me desconcierta el que una institución tan polémica no haya levantado antes el interés psicoanalítico, sin embargo, aunque pocas, las fuentes me parecen importantes y trascendentes.

El psicoanalista Martin Grotjahn (1) sostenía: “Los aspectos horribles de la tauromaquia anulan el interés que posee la simbolización inherente a su ritual. Quizás esto explique la escasez de los intentos analíticos su interpretación" Es decir, la sangre, la violencia y el sadismo implícitos en la misma, hacen que los psicoanalistas volteemos las miradas hacia otros lugares, quizás ésto es en parte también, nuestro grave error. Alguien alguna vez me reclamó que cómo era posible que los psicoanalistas seamos capaces de manejar asuntos tan difíciles y delicados como una violación, abuso de menores, incesto etc. y que no pudiésemos acudir a una corrida de toros para analizarla antes de emitir un juicio; creo que el hecho radica en que, como profesionistas de la salud, en una consulta atendemos con una intención curativa al paciente, escuchando su dolor y ayudándole a comprender la situación, así como asimilarla y a darle trámite, en una corrida de toros, nos encontramos como espectadores pasivos, incapaces de intervenir ante lo que se desarrolla en el ruedo, donde vemos un animal que es lacerado y a quien no podemos explicarle qué es lo que sucede por su misma condición animal.

En una descripción breve, una corrida consta de 3 partes: el toro es lidiado respectivamente por los picadores, «que, montando un caballo protegido por un peto, utilizan una vara con una puya para preparar al toro para el tercio de muleta»; los banderilleros, «quienes se encargan del auxilio al matador, bregan al toro y "adornan" al toro colocando pares de banderillas (generalmente son tres pares)»; y el último tercio, y el más importante, el de muerte, en el que el torero lidia al toro manejando la muleta y el «ayudado» (espada de madera o de aluminio), que sostiene con la mano derecha. (2)

Siendo así, encontramos una provocación, una respuesta y un desenlace, donde bien puede éste favorecer al torero o al toro, siendo más común que el agraciado sea el primero; la agresión está presente en las 3 partes del encuentro y, además, es la que lleva la tónica de dicho evento, lo cual, nos remite a la pulsión de vida y de muerte de ambos animales (el animal humano y el animal toro), sin embargo, la lucha se extiende a algo que está muy lejos del sentido de supervivencia: Se remite al poder de la inteligencia sobre la fuerza bruta, como si fuese un representativo del pasaje de David y Goliat. Y aún más allá, nos podemos remitir a la simbolización del complejo de Edipo: Si observamos al toro como un objeto totémico, su muerte representa dar muerte al padre y el triunfo del hijo sobre el mismo; incluso, la cuadrilla de la que se sirve el matador, puede ser fácilmente clasificada como una “horda fraterna”. Finalmente, el Súper Yo juega un papel importante dentro de la arena, representado en el presidente de la plaza, quien elige si un toro ha de ser sacrificado o no, desplazando los sentimientos culpígenos del torero a un tercero, nulificando así la voluntad de matar al toro ante la “obligación” de matarlo, de manera que la ansiedad que el hecho provoca se deposita en una figura de autoridad, liberando al matador, ya que actúa no por derecho propio sino por órdenes de un tercero.

La afición a la tauromaquia se mantiene debido a que proporciona un marco único para el desahogo y la proyección de pulsiones instintivas reprimidas. Claramente, su atractivo central es la gratificación inconsciente de las pulsiones sádicas: El dolor y la muerte del toro se dan por supuestos y sin embargo, en la mente de toda la afición está presente (y en una manera morbosa, casi anhelante) el hecho de que tanto los caballos como el torero pueden correr la misma suerte, incluso, la castración literal es una posibilidad, y siendo que el complejo edípico tiene uno de sus grandes pilares en el temor a la castración, la representación no puede ser más explícita. Con esto, podemos darnos cuenta de las implicaciones que la mentalidad de la afición taurina crea: Despojan al toro de una identidad animal para conferirle identidades humanas. Así como el torero enfrenta al toro, el niño enfrenta al padre, el subordinado al jefe, el desposeído al poderoso, pero a fin de que ésta fantasía pueda ser llevada a cabo, se le han de otorgar al toro también emociones humanas.

Uno de los argumentos que largamente han esgrimido los criadores, taurinos y toreros, es que para el toro es “un honor” morir en el ruedo, que ha sido criado para eso y que “desea” luchar y morir en la arena. Lo cierto es que el honor y el deseo son emociones exclusivamente humanas, ya que, al igual que los perros, el toro es meramente pulsional. Sin embargo, el hacerle partícipe de dichas emociones, lo pone en el contexto de igualdad con el ser humano, con ello a su vez, se le unge con el abanico de emociones perversas propias del hombre, entre ellos, no la posibilidad de matar, sino el deseo de matar al adversario, en éste caso, el torero. De no echarlo a ver así, de encontrarnos con un toro limado de cuernos, poco ofensivo o que rehúye al torero, se pierde el peligro y, por tanto, deja de ser un adversario para convertirse en una víctima.

El Superyó del aficionado pone objeciones, conscientes o no, a la tortura y el sacrificio del animal. Esto crea un conflicto intrapsíquico, porque el espectador se pone también, de parte del torero. Si el toro es visto inconscientemente como la encarnación de pulsiones inaceptables, de los propios impulsos bestiales, la afición aprobará la agresión contra el animal. De hecho, suele hablarse de “castigar” al toro. Pero si el espectador percibe al torero como merecedor de represalias por su conducta sádica de sesgo parricida, su Superyó puede formar en la fantasía una alianza con el potencial homicida del animal. Claramente, el toro puede verse, al igual que el torero, como agresor y como víctima y el público reacciona conforme a la oscilación de sus identificaciones.

La generalidad del aficionado, sin embargo, corresponde a ver al toro como victimario, así, se admira el “valor y el arte” del torero, y cuando la plaza grita con el matador, se hace partícipe por un momento de la exaltación egocéntrica que evoca a la regresión a la omnipotencia exhibicionista de la infancia, emoción que poco o nada tiene que ver con el torero, puesto que, así de caprichosamente como son vitoreados, son también abucheados y expulsados de la memoria colectiva. El deseo de ser visto es realizado por y a través del torero pero, ante la menor posibilidad de que la realización exhibicionista se vea amenazada por su mal desempeño, serán condenados al olvido con mayor severidad, ya que, si el propósito depositado en el torero no es satisfecho, éstos son desechados.

En el torero encontramos cantidad de conductas regresivas y mecanismos de defensa primitivos, tales como la identificación proyectiva (identificación de las propias pulsiones homicidas proyectadas en el toro), omnipotencia y desvalorización (falsa creencia de invencibilidad en el ruedo) e  idealización primitiva (la figura del hombre que expone la vida como un ideal valiente y deseable), pero sobre todo, encontramos pulsiones de muerte a flor de piel, actuaciones temerarias, suertes y ejecuciones que rozan peligrosamente los límites de la autopreservación y el suicidio, y que llevan a otros a prácticas más temerarias aún, fijando una vara alta en el cómo comportarse frente a un toro, mismas que muchas veces, acarrean como consecuencia la muerte. Dichas conductas parasuicidas, pueden calificarse también como “parahomicidas” (no estoy muy segura de que exista el término, pero creo que la idea es comprensible o es lo que mejor abarca la situación) ya que éstos actos pueden terminar en cogidas, heridas permanentes y muerte. Aquí me surge la profunda duda de si éstas conductas parahomicidas podrían ser también el reflejo de una necesidad narcisista de sobresalir sobre todos los demás toreros y, además, un intento desesperado de aniquilación del otro, que amenaza la satisfacción de la exaltación egocéntrica.

Curiosa es pues, la envidia de la que son presa otros toreros y el papel hostigador que juega el público de la plaza, quienes a su vez, infunden ánimo y aprueban dichas actitudes, aquí podríamos hablar de psicología de las masas y el síndrome de embudo, donde todas las pulsiones homicidas y deseos sádicos son depositados en un receptor para ser llevados a cabo, en este caso, el torero. El problema principal radica no en que se depositen y desfoguen, sino en la necesidad de observar la muerte para llevarlos a cabo. Una vez que se ha cruzado el límite entre el horror y el goce con la muerte, estaremos hablando de conductas cosificadoras, es decir, despojamos al ser vivo de su calidad de ser vivo, para volverlo un objeto (un objeto animado, pulsional, totémico y amenazante), cuyo derecho a la vida es desplazado por la obligación de dar placer con su aniquilación.

Uno de los conceptos que los taurinos han discriminado previamente ante su sola mención, es la franca homosexualidad expuesta en el ruedo, y no estoy hablando de los trajes de luces (que me parece que atiende más a una gratificación narcisista, pretendiendo “iluminarse de luz como una estrella”(3)), porque la vestimenta es lo de menos a analizar en ésta costumbre, a final de cuentas, son dos machos enfrentándose en la arena, donde si, el hombre logra dominar al animal, es una representación de la posesión del padre, a través de los múltiples falos del torero (banderillas, puyas y ayudado), mientras que la lucha en sí pudiera revelar una fragilidad casi femenina en el torero, misma que se pone de manifiesto a la cogida, lo que bien podría, a su vez, ser representativo de un coito sádico homosexual.

A esto podemos agregar la erotización del peligro, que impulsa peligrosamente los actos parasuicidas y parahomicidas anteriormente mencionados, ya que, ante el miedo, viene una fuerte carga de respuestas psicofisiológicas que emulan a la excitación sexual.

Encontraremos entonces, en el aficionado conductas parricidas, cosificación, deseo de muerte, conductas parasuicidas y parahomicidas, los mecanismos de defensa primitivos y un conflicto edípico irresoluto, así como sadismo egosintónico y un sentido perverso de triunfo ante la mutilación y la muerte, lo que parecería un espectro narcisista maligno transitorio, ya que, éstas características, no están necesariamente presentes en la vida del espectador fuera de la plaza, sino que transcurren y se desarrollan en el marco exclusivo de la corrida de toros u otras actividades relacionadas con dicho acto.

Finalmente y en resumidas cuentas, creo que podríamos encontrar en la afición taurina un poderoso ingrediente regresivo, infantil y sádico, con tendencias punitivas, propio de personalidades inmaduras y dependientes (ya que la resolución del conflicto edípico tiene que ser dado a través de terceros, mientras que la afición sólo observa), que se justifican en un marco de “cultura y tolerancia”, así como de “bravura y arte”, cuando pareciera que, acorde a los libros, encontraríamos más un marco agresivo y regresivo solapado por lo pulsional y proyectivo.

Desde mi punto muy particular de vista me parece que nada que implique la tortura y muerte de un animal, ni nada que exponga la vida propia, puede tener nada de cultura, ni mucho menos, de arte, quizás soy una neófita, una ignorante, soy banal y mundana, utilicen el apelativo que quieran, pero es mi muy personal opinión. Me queda claro que mis pulsiones agresivas pueden ser expresadas, canalizadas y/o sublimadas por otros medios y que la resolución edípica en un “lance trágico e incierto” (Que si realmente fuera incierto no sabríamos, de antemano, quién es quien saldrá victorioso de la plaza) de manera consuetudinaria no es maduro por dónde se le mire. Dos opiniones han llamado poderosamente mi atención: la primera de un bloggero que se autodenomina GoNZalVo, en el blog “Cuidando Gaia” que, con una lógica que un niño de primaria podría entender, abre los ojos ante una verdad innegable:

“…Es cierto que una cosa es mirar los toros desde la barrera, obvio, si hasta allí no llegan los puyazos, la tortura y la muerte, es mejor beber manzanilla y gritar ¡Olé! Que vomitar sangre a bocanadas con una espada incrustada en los pulmones, no es necesario tener mínimas nociones de anatomía para entender que todo ser viviente con un sistema nervioso central sufre cuando le hieren, basta aplicar la máxima cristiana "No hagas a otros lo que no quisieras que te hicieran a Ti"…” (4)

A nadie nos gustaría estar en el lugar del toro, creo, y si sabemos que el torero causa dolor, agonía y una muerte de las peores, vejando la majestuosidad de un animal, me pregunto por qué nos empeñamos en continuar ésta horrible muestra de sadismo.

La segunda fue de un compañero psiquiatra, quien hablaba precisamente de las pulsiones sádicas y un día, así sin más me dijo: “El toreo es algo absurdo y por demás aburrido, cuando el toro y el torero entran a la arena uno cree que va a lo ignorado, a lo desconocido, pero en realidad sabemos cómo va a acabar “la lucha” y lo digo entre comillas porque sabemos que no es una lucha, tú sabes que cuando vas a la plaza es ir a ver matar a un torero, es ir a ver la muerte de un toro, el sacrificio de un animal y eso no es divertido. Me gustan los rodeos, el hombre se enfrenta con su inteligencia contra la fuerza bruta para dominar a un animal, a mano desnuda, frente a frente, hay uno que pierde pero nadie sale lastimado, y si el vaquero se lastima es porque no fue lo suficientemente inteligente ni lo suficientemente hábil para enfrentarse a ese animal, habrá aprendido la lección pero también tendrá la honra de haberlo enfrentado honestamente, el toreo no es honesto, un hombre que se enfrenta con armas a un animal que lo único que quiere es escapar y salvar su vida no es un hombre, sino un asesino aprobado por una multitud igual de ciega que él”

He de decir que me ha dado la opinión más clara y memorable de una persona al respecto de la tauromaquia (tanto que hube que pedirle autorización para citarlo en ésta opinión, y me lo permitió afortunadamente, aunque me pidió permanecer en anonimato), si bien mi compañero no es un experto en dicho tema, queda de manifiesto que el ver la tauromaquia como un enfrentamiento justo o parejo, está muy lejos de la realidad.

Menciono las corridas de toros porque es algo que causó polémica, pero igual lo pienso de las peleas de gallos, perros, camellos y enfrentamientos por herencias culturales contra los animales que acaban en la masacre de los mismos (como con los delfines en Irlanda o las focas en Canadá). A lo que voy es que para ser cultos no se necesita sangre, para ser osados no se necesita matar, y para demostrar nuestra superación del complejo de Edipo, no se necesita, en absoluto, dar tortura y muerte a un animal, en un acto tan cobarde e ignominioso como lo son las corridas de toros. Por eso, apoyo que ésta barbarie, sea erradicada por y para siempre de éste mundo, por el momento, de nuestro país, México ha sido tan azotado por la violencia que me queda claro que no debemos promoverla más, México es un país de cultura y tradiciones, no necesita tortura para entretenerse, sangre para divertirse ni muerte para satisfacerse. Detengamos esta masacre y votemos en pro de la abolición, hagamos algo contra la violencia si es que pretendemos de hacer de éste país, y de nuestro mundo, un lugar mejor.


L.Ps. Paulina Haro Gutiérrez

Bibliografía
(1) Martin Grotjam: On bullfighting and the future of tragedy. (1959)
(3) López Pinillos, José (1987): Lo que confiesan los toreros. Madrid: Turner.
(4) http://cuidandogaia.blogspot.com/2008/03/algo-increible-un-torero-arrepentido.html

miércoles, 11 de enero de 2012

Carta a Miguel Sacal


Al Sr. Miguel Moisés Sacal Smeke:

Hace unos días circuló por la red un video donde se muestra la agresión de la que fue objeto el empleado Hugo Enrique Vega por parte de usted, lo cual ha levantado la indignación en las redes sociales y en gran parte de los mexicanos, entre los cuales, me cuento.

Y la indignación, creo proviene no solamente de la golpiza que le propinó a éste hombre, a final de cuentas, golpizas vemos todos los días, sino el hecho de que haya abusado de su estatus y poder adquisitivo para defenderse cobardemente de algo que, a la vista de todo el mundo, es un acto reprobable y deplorable; la diferencia entre las agresiones que vemos del diario y ésta es que, mientras que los agresores se carean y resuelven las cosas frente a frente, ya sea para hablarlo, para gritarlo, para resolverlo o volverse a golpear, y la resolución de usted fue correr con un abogado y querer aparentar que esto había sido una riña, cuando, para que sea una riña, necesita de otro que responda a la agresión, lo cual, en el video se ve claramente que no es así.
Como empresaria, siempre he creído que nuestro deber se encuentra en hacer sentir bien a nuestro personal para crecer como empresa y como seres humanos, no humillarlo, mucho menos maltratarlo, porque el cómo tratamos a la gente es el reflejo de cómo deseamos ser tratados, una persona sobaja, es porque se siente mucho menos que los demás y necesita que no haya amenazas de parte de otros, una persona que ofende, es porque se siente ofendida, una persona que agrede es porque cree que sólo a través del caos puede instaurar orden y una persona que grita es sólo porque se siente tan pequeña e impotente, que necesita de alzar demasiado la voz para sentirse escuchado y notado. Evidentemente, la prepotencia denota una fuerte necesidad de atención y de protección ¿Quién sino, anda todo el día a la defensiva con personas que, sabe, no responderán ante sus agresiones?

Usted dijo que esto había sido una simple riña, de acuerdo, si fue eso solamente ¿Por qué defenderse con un abogado que es reconocido por su alto nivel de corrupción? ¿Por haber sido demandado por el empleado? De no haber cometido un delito grave ¿No habría bastado con un abogado cualquiera? ¿Para qué ampararse ante un conflicto tan pequeño y cuya resolución sería tan simple como pagar los gastos médicos resultantes de la agresión? Quizás porque sabe que, después de todo, no fue una simple riña, sino un real abuso de poder.

Mis abuelos solían decir que el respeto no es de quien lo recibe, sino de quien lo da, y uno debe insultar tan fuerte a un empleado como el tiempo que le sea posible mantener una braza de carbón ardiente en la mano. Me queda claro que ud. no es una persona respetable pero, seguramente, tendrá manos de acero.

A ud. Señor, no lo conozco, no conozco su historia ni sus traumas personales y particulares, así como usted no conoce la mía y,  muy probablemente, tampoco le interese conocerla porque sólo soy una “india” una simple “gata”, orgullosa de mis raíces y de quien soy por cierto. Lo único que conozco de su historia es esa parte que se basa en su religión: como judío, bien debe conocer y saber sobre el dolor humano, sobre las humillaciones y vejaciones, sobre el abuso de poder y la violencia sin sentido, sin embargo, me sorprende que alguien con tal conocimiento de esa parte de la historia se comporte de una manera tan altanera e inhumana. Una vez, un par de veces, no importa, esas son de las que nos dimos cuenta ¿Cuántas más habrá habido que no se han televisado por miedo de los agredidos? No importa si se trata de un golpe, una ofensa, un insulto racial o una mentada de madre, no se trata de que se satanice un hecho, se trata de que ud. Tira la piedra y esconde la mano ¿Qué clase de actitud cobarde es esa? Una persona que realmente tiene poder y grandeza lo usa en beneficio de su comunidad, usted, lo único que tiene son influencias.

Me da lástima que gente así de prepotente pulule por las calles de éste país de manera tan impune, y que, encima, se crea con el derecho de seguir haciendo éste tipo de cosas por ser “un empresario importante” ¿Cree que el hecho de ser cabeza de ratón le da privilegios especiales sobre otras personas? ¿Que lo hace distinto? ¿Que lo hace mejor? La fuerza laboral es la que lo ha hecho fuerte, porque no es ud. Quien se sienta a coser y cortar, a maquilar, ni mucho menos pasa horas sentado frente a un mostrador aguantando a clientes déspotas y engreídos que creen que el mundo les debe honra y alabanza por llevar puesto un carísimo par de pantalones.

En lo personal yo nunca he comprado en sus tiendas, y después de esto, no compraría, y sé que mis 500 o 1000 o 50mil pesos que pueda gastar en una de ellas ni le va ni le vienen, en pocas palabras no le importan, sin embargo, no puedo hacerme cómplice ni ojo de hormiga ante una vejación así. 

No espero que ésta carta le haga reflexionar, igual, muy probablemente no la abrirá, o si la abre, me mandará a incordiar a mi progenitora, me dirá que me escupe si quiere o me dirigirá algún tipo de insulto fálico, cosa que francamente ni me molesta ni me indigna, después de todo, usted no es quién para insultarme ni yo nadie para darme por aludida, sin embargo, sí pretendo expresar el sentir de muchos mexicanos, que estamos ofendidos por su reacción prepotente, indigna, pero sobre todo cobarde: Enfrente los hechos, si usted cree que un empleado merece una paliza por no alcanzarle un gato hidráulico ¿Cuál cree que sea el castigo propio para una persona que evita, por medios artreros, ilegales y corruptos, el cumplir con una pena que merece por un comportamiento indebido? Espero que esto llegue a sus manos y, que se de cuenta, de que sus acciones estarán vigiladas por la comunidad mexicana, conformada principalmente, por empleados como el que usted ha agredido.

Atentamente

Psic. Paulina Gutiérrez