Una mañana desperté y me di cuenta de que así era, así soy y así probablemente, seré el resto de mi vida...
No son ansias de amor, anhelos de compañía o reconocimiento, ni siquiera franco deseo... Es simplemente hartazgo de la soledad; de una soledad que me muerde, que me atora en cuartos vacíos, cuartos blancos de luces sin sombra, que me arrebata ilusiones y que me miente con rabia y odio enconado entre sus labios...una soledad que perdura y hace daño...
Cuando miro atrás, cuando veo mi estela, como si fuese un astro que se apaga lentamente, y su luz, inicialmente álgida y hermosa, se torna débil y mortecina... Polvo interestelar que se pierde sin muebles en que arrumbarse.
Y es que a veces ya ni el canto me consuela, no los miles de jilgueros que brotaban presurosos de mi garganta, o las letras dulces que antes lograban enjugar mis lágrimas, o las notas altas, o la música suave, o el ritmo tribal de los tambores que lograba acelerar mi corazón...
¡Cuánta dolencia!
¡Cuánto abandono!
Cuánta soledad...
Darse cuenta de la superficialidad duele... Asombra... Cala... Pero cala como frío de invierno: hasta los huesos, dentro, muy dentro,ahí donde la ansiedad aguarda, en la esquina del sofá, sentada cómodamente, con una copa de vino en la mano y esa sonrisa sardónica, mientras pregunta, con la ceja levantada: "Hola, hola ¿Me extrañabas?"
No, no soy esa mujer muchas veces imaginada, no soy esa con la que se fantasea, por quien se hace agua la boca o se inquietan los dedos o se muerden la comisura de los labios. No soy esa que inspira poetas o mueve montañas o llama terremotos a la par del movimiento acompasado de sus caderas.
Es patético...
Casi como aquella canción: (casi, pero no) "Sueño de ti, ¿Sueño de quién? Sueño de nadie..." (por eso no).
Eso precisamente: un sueño de nadie.
No soy la barbie con respuestas acertadas y dulces todo el tiempo, soy más bien ácida y mordaz, sarcástica, difícil de domar.
Soy la mujer intelectual (o por lo menos con ínfulas de dicha categoría) que se pone a discutir con las vacas sagradas y se niega a rendirles pleitesía.
Soy esa chava que tiene que (o a veces quiere) regresar temprano, que no fuma, no bebe, no tiene sexo fácilmente y se esfuerza por no criticar.
Yo no critico (como no sea en contadas ocasiones y cuando me llegan al cuello), observo, obvio (del verbo obviar) ni siquiera interpreto a quemarropa porque no quiero jump into conclusions, no quiero ser presa fácil del encanto de la superficialidad, no quiero llegar a tener la profundidad insondable de un charco, o, como mucho, de un bache guanatense, soy más profunda que eso, mejor que eso...
Pero los sueños profundos poca gente los alcanza y mucho menos los recuerda...
No importa, no es una sensación desconocida, sé lidiar con ella. La soledad es esa herida interna con consecuencias que pocos ven, pero que se sienten y se sufren a lo largo de la existencia, siendo la más complicada de ellas la intrascendencia... Y a veces, esa intrascendencia, nos importa solamente cuando quienes trascienden en nuestras vidas no nos corresponden de la misma manera...
Soy una estrella cualquiera, fugaz, brillante como muchas otras, pasajera como todas, parte de una constelación como todas... soy una estrella... sólo eso.
Pero eso que soy es aquello de lo que me siento orgullosa, amazona, indómita, punzante, difícil, terrible de vez en cuando, pero tierna y amorosa, deseosa de compartir alma, conocimientos y vida, vida sobre todo, entendiéndola como la totalidad de esa suma de dar y aportar al otro así como de recibir del mismo.
Mi estela se apaga...
La observo decaer y caer en el vacío de un cosmos lleno de vacuedad (¡Qué ironía!), pero no me preocupa, no me altera, es el ciclo necesario de aquello que ostente llamarse vivo.
No me preocupa ser sueño de nadie...
A final de cuentas, YO SOY, y eso, es una realidad.
No son ansias de amor, anhelos de compañía o reconocimiento, ni siquiera franco deseo... Es simplemente hartazgo de la soledad; de una soledad que me muerde, que me atora en cuartos vacíos, cuartos blancos de luces sin sombra, que me arrebata ilusiones y que me miente con rabia y odio enconado entre sus labios...una soledad que perdura y hace daño...
Cuando miro atrás, cuando veo mi estela, como si fuese un astro que se apaga lentamente, y su luz, inicialmente álgida y hermosa, se torna débil y mortecina... Polvo interestelar que se pierde sin muebles en que arrumbarse.
Y es que a veces ya ni el canto me consuela, no los miles de jilgueros que brotaban presurosos de mi garganta, o las letras dulces que antes lograban enjugar mis lágrimas, o las notas altas, o la música suave, o el ritmo tribal de los tambores que lograba acelerar mi corazón...
¡Cuánta dolencia!
¡Cuánto abandono!
Cuánta soledad...
Darse cuenta de la superficialidad duele... Asombra... Cala... Pero cala como frío de invierno: hasta los huesos, dentro, muy dentro,ahí donde la ansiedad aguarda, en la esquina del sofá, sentada cómodamente, con una copa de vino en la mano y esa sonrisa sardónica, mientras pregunta, con la ceja levantada: "Hola, hola ¿Me extrañabas?"
No, no soy esa mujer muchas veces imaginada, no soy esa con la que se fantasea, por quien se hace agua la boca o se inquietan los dedos o se muerden la comisura de los labios. No soy esa que inspira poetas o mueve montañas o llama terremotos a la par del movimiento acompasado de sus caderas.
Es patético...
Casi como aquella canción: (casi, pero no) "Sueño de ti, ¿Sueño de quién? Sueño de nadie..." (por eso no).
Eso precisamente: un sueño de nadie.
No soy la barbie con respuestas acertadas y dulces todo el tiempo, soy más bien ácida y mordaz, sarcástica, difícil de domar.
Soy la mujer intelectual (o por lo menos con ínfulas de dicha categoría) que se pone a discutir con las vacas sagradas y se niega a rendirles pleitesía.
Soy esa chava que tiene que (o a veces quiere) regresar temprano, que no fuma, no bebe, no tiene sexo fácilmente y se esfuerza por no criticar.
Yo no critico (como no sea en contadas ocasiones y cuando me llegan al cuello), observo, obvio (del verbo obviar) ni siquiera interpreto a quemarropa porque no quiero jump into conclusions, no quiero ser presa fácil del encanto de la superficialidad, no quiero llegar a tener la profundidad insondable de un charco, o, como mucho, de un bache guanatense, soy más profunda que eso, mejor que eso...
Pero los sueños profundos poca gente los alcanza y mucho menos los recuerda...
No importa, no es una sensación desconocida, sé lidiar con ella. La soledad es esa herida interna con consecuencias que pocos ven, pero que se sienten y se sufren a lo largo de la existencia, siendo la más complicada de ellas la intrascendencia... Y a veces, esa intrascendencia, nos importa solamente cuando quienes trascienden en nuestras vidas no nos corresponden de la misma manera...
Soy una estrella cualquiera, fugaz, brillante como muchas otras, pasajera como todas, parte de una constelación como todas... soy una estrella... sólo eso.
Pero eso que soy es aquello de lo que me siento orgullosa, amazona, indómita, punzante, difícil, terrible de vez en cuando, pero tierna y amorosa, deseosa de compartir alma, conocimientos y vida, vida sobre todo, entendiéndola como la totalidad de esa suma de dar y aportar al otro así como de recibir del mismo.
Mi estela se apaga...
La observo decaer y caer en el vacío de un cosmos lleno de vacuedad (¡Qué ironía!), pero no me preocupa, no me altera, es el ciclo necesario de aquello que ostente llamarse vivo.
No me preocupa ser sueño de nadie...
A final de cuentas, YO SOY, y eso, es una realidad.
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